II. El murciélago plátano (y las palabras “incorrectas”)
Cuando era pequeño, decía mal la palabra murciélago. Igual que muchos niños hispanohablantes, yo decía murciágalo, como un murciélago normal… pero de Murcia. Mis padres intentaron corregirme:
—Murciélago.
—Murciágalo.
Y así varias veces, hasta que ellos empezaron a sospechar que su hijo era un poquito tonto.
Hasta que, tras un silencio solemne, les dije con toda mi concentración: “Murciélago plátano.”
Ese fue el momento exacto en el que confirmaron que su hijo era, efectivamente, muy tonto.
Bienvenido, bienvenida a Gramaticón, el podcast que nadie había pedido sobre gramática y otros temas complicadetes del español. Hoy abrimos una nueva página para hablar de palabras “incorrectas”, de murciélagos plátano, de croquetas y también de cuando los gatos dominaban la Tierra.
Pero empecemos por el principio: ¿qué significa que una palabra sea “incorrecta”?
¿De verdad existen las palabras incorrectas?
Quiero que borres de tu cabeza la idea de que existen “palabras correctas” y “palabras incorrectas”.
Es mucho más útil pensar en si son formas efectivas o no efectivas de comunicarnos.
El problema es el bolígrafo rojo mental. Ese que salta cuando oyes una palabra que tú no dirías. Le pasa a hispanohablantes, y probablemente a ti también en tu lengua materna.
Para entender mejor este fenómeno, vamos a dividir las supuestas “palabras incorrectas” en tres categorías:
- Las que has aprendido mal
- Las que no conoces
- Las que rechazas
¿De verdad existen las palabras incorrectas?
A veces tu cerebro no ha terminado de aprender una palabra, o le cuesta pronunciarla, y rellena huecos como puede. Es súper típico cuando estudias otro idioma o cuando eres pequeño. Por eso alguien dice “no sabo” o “me he rompido la pierna”: usa lo que ya conoce hasta que las irregularidades encajan.
En mi familia, mi hermana decía foririsco en vez de frigorífico. Y oye, frigorífico tampoco es la palabra más amable del mundo.
Lo curioso es que murciágalo sí tiene lógica: viene del latín mur (ratón) + caecus (ciego). La forma murciágalo existió antes de convertirse en murciélago.
Así que igual los niños que lo dicen no son tontos. Igual son genios incomprendidos.
Bromas aparte, si te frustra cometer este tipo de errores, relájate. Es lo más natural del mundo. Todos tenemos nuestros propios murciélagos plátano.
2. Palabras que no conoces
Recuerdo una vez, cuando vivía en Nicaragua, que compré aguacates. Al llegar a casa, mi novia los miró y dijo:
“Uy, están tetelques.”
Yo pensé que se lo había inventado o que estaba poseída. Me sonaba rarísima. Pues resulta que tetelque viene del náhuatl y se usa en parte de Centroamérica para hablar de una fruta que no ha madurado lo suficiente.
Este escenario es muy común al aprender un idioma. Incluso cuando ya tienes un vocabulario grande, seguirá apareciendo una palabra que te sorprenda. Y cuanto más vocabulario tienes, más extraño suena lo que no conoces.
Los hispanohablantes, además, somos especialmente cabezones con esto. Nos cuesta aceptar palabras de otras regiones simplemente porque “yo no la he escuchado nunca”.
Lo mejor que puedes hacer es aceptar las nuevas palabras con alegría, curiosidad y humildad.
Rechazar palabras desconocidas solo atrae murciélagos plátano.
- Y ahora vamos con la tercera categoría, pero antes:
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3. Palabras que rechazas
Aquí entramos en terreno emocional.
Seguro que has probado las maravillosas croquetas. Pues en España hay gente que dice cocreta. O almóndiga en vez de albóndiga.
¿Es correcto? ¿Incorrecto? No es la pregunta adecuada. La pregunta es: ¿es útil para comunicarte?
Si estás aprendiendo español, usa croqueta y albóndiga. Pero si vives en un barrio donde todo el mundo dice concreta, tampoco pasa nada por decirlo. No va a ir la RAE a detenerte (creo).
A mí cocreta me suena horrible, y a casi todas las personas que conozco igual. Pero eso da igual. Lo que importa es que hay hablantes usando esa forma. Que se extienda o no lo decidirá el tiempo, no nuestras preferencias estéticas.
Un ejemplo: mi tío es de un pueblo pequeño rodeado de montañas, y allí a los níscalos los llaman nícalos. Es muy fácil llegar desde la ciudad y decir “estos pobres ignorantes no saben pronunciar”. Pero sería un error muy estúpido.
El lenguaje evoluciona. Es una entidad viva. Si suficiente gente usa nícalo, entonces nícalo existe.
¿Vas a corregir a alguien que ha recogido cientos de kilos de hongos toda su vida? ¿Le vas a enseñar cómo se llama algo que conoce mejor que tú?
Puedes no usar esa forma, pero al menos reconócela.
Un sueño de mil gatos (o murciélagos plátano)
Cuentan que hace eones la Tierra era muy diferente a como la conocemos ahora. Para empezar, los gatos eran enormes y los humanos éramos diminutos. Vivíamos aterrorizados por estas criaturas.
Pero un día, un humano comenzó a soñar con un mundo en el que no tenía miedo. Un mundo en el que las personas tenían poder y los gatos eran compañeros, no depredadores. Con el tiempo, más y más personas se unieron a ese sueño, hasta que un día se hizo tan grande que se convirtió en una realidad. Ese es el mundo en el que vivimos ahora.
Pero, claro, no todos los gatos están conformes con esta realidad. Todas las noches hay gatos que se reúnen y sueñan con volver a ser los reyes de la creación. Y si ese sueño sigue creciendo, si miles o millones de gatos lo desean con suficiente intensidad, quizás vuelva a hacerse realidad.
Pues esto mismo ocurre con las palabras. Si suficientes personas las usan, las piensan, las sueñan, esas palabras se vuelven reales.
Y quién sabe: quizá un día te despiertes en un mundo nuevo, un mundo lleno de cocretas y con el cielo lleno de murciélagos plátano.
Un abrazo y nos escuchamos en el próximo episodio con el Gramaticón. ¡Hasta pronto!